ROBERTO MOLLÁ

Álvaro de los Ángeles. NEO2. Septiembre de 2001.

 Roberto Mollá. Autorretrato como Propellerhead. 2001

Roberto Mollá. "Autorretrato como Propellerhead (1)". 2001

 

1. La vida que vivimos está sembrada de pequeños mecanismos que interactuan entre sí, accidentes minúsculos que posibilitan la milagrosa, mágica, sucesión de acontecimientos que la completan. (Por vida, me refiero más a la concatenación de mínimas experiencias y azares diarios que a un resumen con tintes de biografía). Existen, pues, detalles como punzadas y recuerdos como pistas que seguir para descubrir las claves como respuesta; es decir, para reconocer los elementos que, si conforman nuestra vida, conforman antes aún nuestras decisiones ante ella. La primera vez que vi a Roberto Mollá fue en su estudio. Tenía que comentar su doble exposición en Godella para un suplemento cultural local pero llegué tarde; la exposición ya había terminado, así que contacté con él para recalar en su base de operaciones y ver in situ los trabajos que no había llegado a ver colgados en la pared. Aparte de su innata simpatía, recuerdo el espacio como un elemento híbrido: a partes iguales entre saloncito pop con vistas, estudio de pintura real y virtual y auditorio, con cajas de CD repartidas entre las estanterías. Entre ellas, recuerdo con claridad “Tattoo” de J.J. y una cierta semejanza organizativa. A partir de entonces, casi le he visto por igual tanto alrededor de café con leche occidentales como frente a comida japonesa, actuando como perfecto cicerone y, lo que funcionó como un simple golpe de intuición, creo que puede ser entendido como conciso resumen de su proceso creativo. A medio camino entre la tradición pictórica y la velocidad manga, entre el peso histórico occidental y la levedad apropiacionista japonesa; equilibrio entre el racional papel milimetrado y las formas orgánicas como material hinchable y deformado, una ebullición que desborda los contornos, al par que marca sus movimientos. El origen del mundo convertido en un nuevo juego de la PS2.

2. El color naranja recuerda al verano. Pero no a la fruta, sino a sus sucedáneos. A los refrescos de sabores artificiales y logos de contornos remarcados, como señales de las propias experiencias. Recuerdos a tang de naranja y petazeta, que explotaba al contactar con la saliva, igual que ahora algunos recuerdos te explotan en el consciente al contactar con la memoria. La novedad de lo extraño; la predisposición a que lo extraño sea absolutamente moderno. Roberto ha empinado cachirulos o -expresado de una forma menos lugareña- ha volado cometas que eran naves espaciales invasoras. Perfecta simbología de una lucha generacional, contra el tiempo, a propósito del tiempo. Las naves alienígenas invadiendo el terreno de la infancia con materiales ideados para la infancia, que se niega a rendir sus armas ante la inminente llegada de la adolescencia, que igualmente se resistirá a rendirse ante el triunfo (tal vez sólo físico) de la época adulta. El tiempo, único testigo superviviente; el color naranja, verdugo y víctima de su locuacidad, de su desenfrenado poder magnético. A partir de estas pinturas uno puede ser ego o propellerhead, sabor de sucedáneo o ruido de saliva, ser niño o dudar sobre la infancia propia o ajena; negar haciendo o hacer negando que se hace; no hacer ruido, ni levantar polvo a no ser que también el polvo sea naranja y nuestro riego vital tenga el sabor dulcísimo de la victoria.


Roberto Mollá. Invaders. 1997

Roberto Mollá. "Invaders". Vuelo de cometas en la Malvarrosa. 1997