LA FASE PILZ

Joël Mestre. Catálogo de la exposición Kobo Club. Marzo de 2001

 Roberto Mollá. SIAM (Freixas). 1999

Roberto Mollá. "Siam (Freixas)". 1999

 
Igual que existe una fase creadora existe una fase impedidora en la vida del pintor, como la hay en la del músico, el escritor, incluso del historiador. No se suele hablar de ella porque requiere un conocimiento más detallado del autor y aunque se intuye a través de la obra es difícil de abordar si no se conoce personalmente al creador y aun así, la fase impedidora oculta tantas dobleces que sólo el propio autor podría en algunos casos desvelarla.

Pero la fase impedidora, la genérica, es ese mapa de tentaciones que nos aleja de nuestras tareas pero que nos permiten, pasado un tiempo, regresar de nuevo a ellas con más fuerza y convicción; ésta siempre fue necesaria y aun hoy conviene cultivarla porque es en definitiva la que destila cada acción. A esta fase se la conoce con el nombre de Pilz, en memoria de Gottlieb Theodor Pilz (1), un gran impedidor alemán de finales del siglo XVIII cuya importancia está aun hoy infravalorada ya que su aportación a la historia de la cultura occidental consiste en la inexistencia de obras que gracias a su valiente y arrojada intervención, jamás llegaron a consumarse; pero no es de extrañar, pues la posteridad está más acostumbrada a valorar a los grandes espíritus más por sus creaciones que por sus omisiones. Entre las de Pilz, debemos recordar las de su paso por Italia en donde se abstuvo enérgicamente de escribir ningún diario, dibujar o legarnos cualquier impresión de su paso por este país y de su cultura en ninguna de las formas conocidas o la que sin duda supone la cúspide de su carrera como impedidor, en 1836, cuando consigue que Delacroix renuncie a pintar una serie de cuadros de formato colosal con diversas escenas campestres. Sin olvidar el giro profesional que provoca en Rossini para que abandone la música y se dedique a la gastronomía. Precisamente en 1836 aparece el famoso “Tournedo à la Rossini” que contribuyó a la fama del maestro casi tanto como su “Stabat Mater” de 1842 (Rossini no escribió una nota más desde esa fecha hasta su muerte en 1868).

A lo largo del siglo XX, y con la llegada de las vanguardias, el espíritu de Pilz tuvo que desdoblarse hasta el infinito, la necesidad de manifestarse ya no era privilegio de unos pocos, y lo que en principio parecía una batalla ganada a la tradición se convirtió en una secreción incontrolada de obras de arte. Hoy hay que trabajar duro para descubrir en que lugares Pilz pudo por fin actuar y sigue actuando, y así salen a flote nombres, obras puntuales que no siempre coinciden con los manuales.

La Fase Pilz es aquella que retiene la producción para que finalmente aflore la que merece. ¿Pero cómo lo hace? creo que mostrando el mundo de un modo tan vulnerable, como en un estado primitivo, que sería una lástima el no aprovecharlo (2). Es precisamente ese estado en el que parecen encontrarse algunas personas en las que hay una necesidad interior por reconocer el mundo, casi de un modo inocente, como si la fractura entre la infancia y la vida adulta fuera en ellos menos profunda y estuvieran descubriendo a cada momento un nuevo mundo. Y es que hay autores que en su fase impedidora son tan afortunados que la obra que finalmente destilan apenas se deja ver, su trabajo camina despacio igual que sus intuiciones y solo aparece cuando se precisa, trabajando codo con codo con el viejo Pilz, un fantasma que revolotea en el espacio aéreo de los estudios y que ni abriendo las ventanas ni manoteando en el vacío uno consigue esfumar.

Bienvenido sea por siempre, nuestro amigo Pilz.
 

(1) En un relato del libro Leyendas sin cariño (1962) de Wolfgang Hildesheimer aparece este personaje. No se trata de ninguna nueva trampa de Enrique Vila-Matas, pero advertiré que la búsqueda de este libro puede ser complicada. Mi agradecimiento va dirigido a Manuel Fontán del Junco, a quien prometí divulgar la historia.

(2) Es el caso del joven Alfanhui, entretenido en las labores más reveladoras de la vida rural y sofisticadas de la naturaleza genética, como en su creación de un híbrido entre un pájaro y un castaño. Primera novela del escritor Rafael Sánchez Ferlosio en 1952 y el nacimiento de una nueva especie de impedidor. Obtuvo el Premio Nadal en 1956 con su novela El Jarama, con el que se le apareció por vez primera la amenazadora sombra del grotesco papelón del literato por el que sintió un gran horror y repugnancia, viéndose obligado a recluirse los siguientes quince años de su vida al estudio de la gramática, como él dice, los mejores años de su vida. A sus 70 años termina diciendo en su autobiografía de 20 páginas, en donde no se encuentra ni pizca de vanidad, solo un orgullo luciferino. “...todavía escribo con el anticuado deseo de tener razón y de convencer a alguien de algo que me parezca cierto, tanto la duda de todo “tener razón” como el descorazonamiento de no lograr convencer nunca a nadie de nada me animan cada vez menos a publicar, aunque siga escribiendo y escribiendo eternamente”.

"Siam 3" en casa de los Matsumoto.Tokio. Marzo de 2001