CIUDAD QUE CRECE Y BAILA

Joël Mestre. Catálogo de la exposición En la ciudad nerviosa. Junio de 2004

 Roberto Mollá. La nuit japonaise (3). 2004

Roberto Mollá. "La nuit japonaise (3)". 2004

 
La mitología adjudica tanto a Caín como a Dédalo la invención de la ciudad; mientras que uno es responsable de Oriente el otro lo es de Occidente, y no es de extrañar que entre sus hazañas esté, además, la de inventar la música y la danza como para festejar el crecimiento y las mutaciones de un animal como es la urbe.

La naturaleza urbana (1) se ha ido aceptando con más o menos alegría; sin embargo, persiste una patología común entre las personas, una especie de fobia a la vida rural y a la proximidad de la auténtica naturaleza. Como si sólo hubiera una forma de vivir hoy en la tierra, hay quienes prefieren para diario la vida urbana y sofisticada, y dejar el campo para la terapia o como ejercicio de retroceso y purificación. Para los que se dedican a la literatura, el cine o el arte en general, esta patología es aun más aguda e inquietante; por un lado piensan que esa comunión con la naturaleza podría debilitar sus argumentos, y por otro necesitan de alguna purga o antídoto para reponerse de los malos hábitos urbanos que padecen. La vida rural no es tan extraña, todas las tareas son importantes, desde el descanso hasta la provisión de leña, y tras superar una aparente atrofia metropolitana de nuestras facultades, el cuerpo acaba por encontrar la sintonía que lo hace útil y le proporciona un ritmo nuevo. Cuentan que Roberto Mollá cruza de vez en cuando esa frontera y entra en el campo (2). Hay quien le ha visto empuñando un hacha y hasta cortando leña (será por simpatía, pero ningún campesino descuida sus tareas). También dicen que hace años pintó del natural y a plein air, pero que como tantos otros, abandonó el género por culpa de los insectos y de toda esa fauna que, atraída por el aceite de linaza y la esencia de trementina le obligaba a salir corriendo en lugar de atender al paisaje. Hace tiempo que la pintura se refugió en la ciudad y la cogió como modelo. Desde entonces la ciudad ha crecido y se ha multiplicado como un helecho, y el mundo entero se ha convertido en una gran ciudad rodeada por todas partes de campo. Quizá por eso salimos de vez en cuando de ella buscando respuestas y sin darnos cuenta.

 (1) "Poco importa no saber orientarse en la ciudad. Pero perderse en ella, como quien se pierde en el bosque, requiere un aprendizaje. Los rótulos callejeros deben sonar al errabundo como ramas secas que crujen a su paso, y las callejas de los barrios céntricos han de señalar las horas con igual claridad que las hondonadas del monte”.   Walter Benjamín: Infancia en Berlín

(2) "Hortelano, hombre muy leído y viajado, consideraba, sin embargo, que todo lo que no fuera su barrio era el extranjero y, en cuanto a sus opiniones sobre el campo, se alineaba junto al Pérez Galdós de aquella anécdota en que, habiendo llegado, distraídos por la charla, al borde de Madrid, don Benito se detuvo en seco, agarró de un brazo a don Pío y le dijo: "¡Cuidado Baroja! ¡El campo!".   J. M. Guelbenzu: Prólogo para Gramática Parda de Juan García Hortelano

Tokio. 1996