ECTOPLASMAS

Javier Rubio Nomblot, ABC Cultural. 19 de febrero de 2005.

Roberto Mollá. Lemmings. 2004

Roberto Mollá. "Lemmings". 2004

 

Caracterízase el ectoplasma por su inexistencia probada más allá de toda duda razonable, lo cual no impide que cada cual pueda reconocer uno cuando lo ve (por ejemplo, en estas pinturas de Roberto Mollá, en las que tales emanaciones supuestas son singularmente elegantes); pero lo curioso es que, si echamos mano de la igualmente improbable figura del artista-médium, toda obra de arte tendría en cierto modo su origen en una ectoplasmia: «Se dice que se forman apariencias de fragmentos orgánicos, seres vivos o cosas», rumorea la Academia. Ahora bien, si las formas blandas dalinianas o los sinuosos tótems de Picabia y Granell son ectoplasmas en todos los sentidos, las metaballs (este vocablo, que hallo en uno de los catálogos de Mollá, designa ciertas figuras tridimensionales generadas por ordenador que tienen la propiedad de estirarse y contraerse de un modo muy parecido a como lo hacen los músculos y los ectoplasmas) no serían más que una suerte de protoplasma virtual maleable y difícilmente clasificable (aún); o sea, una metáfora de la red global (suma perfectamente aleatoria de consciencias e inconsciencia) que es, precisamente, la materia de la que se nutre este artista: «El mundo que viene ahora a nuestros estudios a hacerse pintar es más electrónico que físico», dice parafraseando a Courbet (conviene señalar, sin embargo, que Mollá siente «cierta nostalgia de la pelirroja Jo», que posó para El origen del mundo sin mostrar su rostro).

Luz trémula de la pantalla, pues, allí donde antaño se recostaba la modelo; Japón en la piel: cultura milenaria y efímera subcultura contaminando una única seudoexistencia neurótica; seudomúsica, seudomundo, gestualidad definitivamente codificada; diseño del diseño, máquina (arma), casa-almacén, digestión perfecta de lo indigesto cibernético, deconstrucción de la chatarra, la muñeca, el robot y la carta de ajuste, sobre el fondo reconfortante del programa de modelado virtual: «Una estética, mitad manga, mitad onírica y surreal, que se desparrama sobre papel milimetrado. ¡Qué contradicción!, ¡pautar los sueños, medir la imaginación!», exclamaba de la Torre Amerighi; porque esta obra desconcertante hipnotiza y mueve al entusiasmo, viene a certificar que la pintura aún puede producir formas misteriosas y sorprendentes (sin necesidad de renunciar a la tela, el óleo y el lápiz), universos mudos, imágenes en estado puro: ectoplasmas. Impecable e imprescindible primera individual en Madrid de Roberto Mollá (Valencia, 1966), un fascinante pintor que expone en Japón desde 1994 y sólo de forma esporádica recala en galerías españolas.


Roberto Mollá. M'amenez-y. 2004

Roberto Mollá. "M'amenez-y (3)". 2004