RECIENTE PLANILANDIA

Joël Mestre. Catálogo de la exposición Interlineado en Minowa. Abril, 2009

Roberto Mollá. Albers en Minowa. 2009

Roberto Mollá. "Albers en Minowa". 2009

 
En noviembre de 1995 tuvo lugar en Roma una insólita exposición bajo el título Il Giappone prima dell´occidente, un enunciado que podía interpretarse provocador en este incuestionable epicentro del arte occidental, pero nada más lejos del duelo. En la muestra había una selección de cuatro mil años de arte y culto japonés anterior al siglo XV: desde el más místico al más lúdico, desde el más refinado y sofisticado al más grosero y superficial, era como si mundos contrarios se dieran cita en una naturaleza casi perfecta. Más allá de cualquier cronología se daba simultáneamente, en cada objeto, ficción, leyenda y una absoluta fascinación por la vida. Uno podía achicarse entre esas colosales figuras, de casi tres metros, que custodiaban los monasterios budistas; dejarse llevar por la leyenda y la inquietante figura de ese rostro mutante en el monje Baozhi o sencillamente disfrutar de un emaki  (1) de más de siete metros de largo, donde se representaba una lúdica competición de pedos entre monjes tras haber ingerido una dieta de castañas, sopa de arroz y otras viandas flatulentas, una pedomaquia del periodo Muromachi fechada hacia el siglo XV.

Trescientos años después, la xilografía japonesa en la ciudad de Edo, la actual Tokio, siguió representando las costumbres de la época y transmitiendo de un modo muy particular la cultura civil. En el siglo XVIII, en el barrio de Yoshiwara estaba ubicado el “barrio del placer” donde se citaban las cortesanas y sus clientes en casas de té y salas de juego. La vida en la ciudad se había convertido en un referente artístico y sus costumbres en un documento. Fue en las obras menos solemnes, quizá las realizadas sobre papel, donde mejor se recogió el testimonio cultural de aquel tiempo. Por suerte, y desde antaño, los autores capaces de participar en obras de este tipo, en apariencia intrascendentes -príncipes y nobles caballeros en muchos casos-, tuvieron la sabiduría de no discriminar ni crear rangos de interés, la vida y su obra eran un compendio de sentimientos, emociones y esencias. Las estampas de artistas como Torii Kiyonaga, Kitagawa Utamaro, Suzuki Harunobu... recibieron el nombre de ukiyo-e o el “mundo que fluye” (2). Actualmente a este barrio se le conoce por el nombre de Minowa y, aunque invadido por el neón, sigue siendo uno de los más clásicos de la ciudad.

Roberto Mollá. "36 Cortesanas de Minowa". 2009

Roberto Mollá. "36 Cortesanas de Minowa". 2009

A estas alturas creo que no debe resultarnos extraño que un autor como Roberto Mollá dé tremendas zancadas en el tiempo, en el espacio y en el género para recrear su obra y sus dibujos, a los que cada vez dedica más tiempo y que ya se dispersan felizmente como esporas en el aire, por los distintos continentes del planeta. Sus escenas siguen construyendo un contexto propio e imprevisible, un entorno que, aunque parece lejano al nuestro en cierto modo, nos invita a fugarnos para poder apreciar así el que realmente nos domina y habitamos.

Desde 1996 los dibujos de Roberto Mollá se caracterizan por el uso de un papel pautado. Este minúsculo alicatado ha sido un modo de transportar cierta objetividad y control a los dibujos más técnicos. Su uso fue bastante frecuente entre algunos autores de aquel colectivo artístico de corte tecnológico y computerizado de finales de los años sesenta en España. Me refiero al Centro de Cálculo de la Universidad Complutense de Madrid y a su legendario “Seminario de generación automática de las formas plásticas” por donde pasaron toda una pléyade de artistas con inquietudes bien distintas y combativas intelectualmente hacia el informalismo: Manuel Barbadillo, Jose Luis Alexanco, Jose Maria Yturralde, Manolo Quejido, etc.

Precisamente la cita de Barbadillo es en los últimos trabajos de Roberto Mollá un rasgo inequívoco de su iconografía reciente (3). En sus nuevas series inspiradas en locales de ocio del barrio de Minowa, tiene aún mayor sentido, y es que gran parte de ellos se regodean hoy en una estética y en una ornamentación modular que hubieran conmovido al veterano geómetra y a otros clásicos como Albers, Le Parc o constructivistas rusos como Lissitzky. Manejarse entre mundos contrarios fue siempre una buena estrategia creativa, un modo inteligente y vital de hacer y conocer mundo. Aunque entre sus trabajos quedan lógicamente guiños a los manga, siguen seduciéndole las geishas y todo el entramado cultural que va de la memoria al pulso y ritmo vital de la ciudad; ahora nos traslada a un lugar más sofisticado adentrándose de lleno en el orden y cromatismo de la tradición nipona. Pero la suma de ficciones y realidades es quizá la única traza y operación matemática que encontraremos en la reciente planilandia (4)de Roberto Mollá, un pintor que a pesar de nutrirse de tanta literatura y de merodear entre los mecanismos de la razón, todavía no ha expulsado de la fiesta a la única persona capaz de animarla, esa inspiración, que como decía Juan Benet, nada podría disimular su ausencia.

 

(1) El emaki es un antiguo género pictórico muy característico del arte japonés que ya se practicaba en el siglo VIII. Se trata de una ilustración narrativa sobre papel donde se combina en formato horizontal el texto con la imagen, un precedente más del cómic, del arte secuencial y el manga.

(2a) "Sólo vivimos para el instante en que admiramos el esplendor del claro de luna, la nieve, la flor del cerezo y las hojas multicolores del arce. Gozamos del día excitados por el vino, sin que nos desilusione la pobreza, mirándonos fijamente a los ojos. Nos dejamos llevar –como una calabaza arrastrada por la corriente del río- sin perder el ánimo ni por un instante. Esto es lo que se llama el mundo que fluye, el mundo pasajero". (Narraciones sobre el mundo efímero de las diversiones, Asai Ryoi, escritor y monje budista de la era Edo)

(2b) Roberto Mollá es desde hace un año F. Sanfélix en la sección de reseñas literarias de la web www.cuaderno10.com. Puntualmente deja registradas sus valoraciones en torno a las lecturas que lleva entre manos. Valiosa disciplina entre la que podemos seguir también el rastro o las motivaciones de su pintura. En la entrada del 1.8.2008 nos comenta el libro de Dama Sarashina, supuesta autora de actualidad que lleva mil años sin soltar prenda y que ahora se nos revela en “Sueños y ensoñaciones de una dama Heian” (Atalanta, 2007).

(3) Hace años pasó por casa un galerista catalán que no paraba de hablar de sí mismo, cuando de pronto su mirada comenzó a mostrarse inquieta, su monólogo se detuvo y ofuscado pidió que alguien detuviera aquel endemoniado salvapantallas que desde hacía rato no paraba de generar interminables variaciones geométricas que tanto le recordaban al veterano pintor Manuel Barbadillo. Pero no había de qué preocuparse, lejos de quedar devaluado por la máquina el esfuerzo del pintor sevillano, en otras coordenadas de la ciudad su obra estaba siendo homenajeada en numerosos cuadros y dibujos por Roberto Mollá. 

(4) Planilandia, de Edwin A. Abbott, es una novela publicada por primera vez en 1884. Cuenta la historia de un cuadrado y de su relación con otras figuras geométricas en un entorno que abarca distintas dimensiones espaciales cada vez más complejas. Resulta sorprendente cómo lo que podría ser un tratado matemático se convierte en una historia de ciencia ficción, y de cómo su autor fabula y repasa a la sociedad de su tiempo aplicando un conocimiento científico.


Roberto Mollá. Galería Nuble. 2009

Pintando un mural en la Galería Nuble. Santander. Abril de 2009. Fotografía © Lucía Gandía